UN CAMELLO EN EL POLO NORTE

Recuerdo una frase muy en boga durante los años de las guerrillas latinoamericanas que dice: “el mejor invento para la revolución es la represión” quizás inspirada en la frase que se le atribuye al presidente norteamericano Woodrow Wilson: “La semilla de la revolución es la represión”.

Y la cito porque muchos gobiernos han considerado que la mejor forma de neutralizar cualquier cambio social es mediante el ejercicio de la represión, la cual en muchos casos resulta contraproducente, ya que estimula la organización política en cada vez más amplios sectores sociales, coadyuvando finalmente a que se lleven a cabo los cambios sociales que en su momento la represión pretendió evitar.

Hemos vivido en Latinoamérica durante los últimos 20 años un despertar de viejas tesis comunistas en varios países de la región. Heinz Dieterich lo bautizó como Socialismo del Siglo XXI. Fidel desde Cuba y Lula desde Brasil le dieron lineamientos generales y perspectivas regionales con objetivos organizativos, económicos y políticos cuando el Foro de Sao Paulo allá en 1.990. La superficialidad de los radicales derechistas con tintes fachos reaccionaron señalando que todo fue una urdimbre de tinte ideológico orquestado por el viejo dictador desde La Habana.

Nada más fácil que deslindarse de cualesquier responsabilidad y querer distorsionar la realidad al punto de querer convencer en sus análisis de que las grandes masas populares que votaron por Lula y Dilma, Mujica y Vázquez, por Chávez, por Ortega, por Zelaya, por Correa, por Evo, o por los Kirchner y que muy probablemente voten este año por Petro y AMLO, lo hacen porque de pronto superaron sus limitaciones de lectoescritura y se convirtieron al marxismo y ahora son comunistas consumados.

Quizás exagero un poco, planteemos una situación menos extrema. No se presentaron como de izquierda comunista, sino que se presentaron bajo el membrete de populistas y mediante un baratillo de ofertas electorales, todas ellas incumplidas, obtuvieron los votos para traicionar al pueblo y llevarlo al neo comunismo del siglo XXI.

Cuál de las dos situaciones prevaleció en realidad poco importa. En cualquiera de las dos vías, tenemos a un ciudadano (sí, la gente que vive en el campo, los informales y quienes viven en los cinturones de miseria, también son ciudadanos) que se siente frustrado por el modelo político en que vive. Que no ve salida a su miseria ni trabajando de sol a sol, ni allí donde ambas cabezas de familia trabajan incluso en más de un trabajo cada uno, aun abandonando a sus hijos al cuidado de cualquier pariente para intentar llevar una vida digna, sienten que ningún esfuerzo alcanza y que no hay salida.

¿Y por qué me detengo en este actor político latinoamericano y no en otro? Pues porque es quien encarna el voto mayoritario que decide los procesos electorales en nuestros países. En ellos estriba el destino de países y de un subcontinente entero. Aquellos ignorantes, sin educación, brutos, pendencieros, holgazanes, vagos, promiscuos, alcohólicos…. Y más epítetos despectivos que las clases pudientes gastan sobre estos sectores son los que tienen la batuta de nuestra subregión.

En sí ese no debería ser un problema, me refiero a que las capas mayoritarias de la población decidan el destino de un país en democracia. El problema radica en la explicación de porque en nuestros países la gran masa poblacional vive estas condiciones de miseria, exclusión, falta de expectativas, imposibilidad de ascenso social y frustración generalizada que los lleva a votar por cualquier mentiroso que viene y les dice exactamente lo que quieren escuchar.

La correlación entre frustración y opciones políticas extremas no tiene latitud. Es una correlación directa que se expresa en todo el mundo. La misma elección de Trump en Estados Unidos está estrechamente relacionada con una implementación de la globalización excluyente que ha polarizado económicamente al país y ha afectado profundamente la subsistencia de la clase media, otrora símbolo de esa nación. Hoy el 1% más rico acumula el 40% de la riqueza nacional y es un imposible culminar el sueño americano según el cual si “hacías bien los deberes”, es decir estudiabas, seguías universidad, luego trabajabas y luego te jubilabas con tu plan 401K todo estaba asegurado para ti y tu familia. Seguir ese camino garantizaba tu futuro y el de tus hijos. Hoy eso ha cambiado y hacer bien los deberes no basta. USA vive la sistemática reducción de la clase media, de la libre competencia, de la educación como medio de ascenso social, del acceso a la salud, del incremento de los costos de la colegiatura y de servicios básicos. En muchos casos ni con dos trabajos de los denominados “blue collar” sus familias logran la tan anhelada estabilidad económica.

Es tan preocupante la situación que los candidatos que se muestran literalmente como socialistas dentro del partido demócrata van ganando gran apoyo de parte de los millenials y no es de extrañarse, son los millenials quienes se han visto más golpeados por la crisis: ni de lejos pueden soñar en adquirir un hogar o vivir solos, viven con sus padres o compartiendo el pago de un arriendo con amigos, están sobrecalificados para los trabajos para los que los contratan y están hiperenduedados por sus estudios. Para colmos amenazan con subir la edad de su jubilación para que financien las jubilaciones de los baby boomers y de la generación X. También en la capital del imperio la inequidad y la frustración están impulsando el comunismo, mediante gobiernos sometidos a las directrices de las corporaciones y donde la competencia está cada vez más restringida.

No es diferente al auge de los partidos xenófobos, fascistas y populistas en Europa. El incremento de sus votaciones en Italia (Movimientos 5 Estrellas), Alemania (Alternativa para Alemania), Grecia (Amanecer Dorado) o Francia Frente Nacional)  tienen en vilo a la Comunidad Europea, que ya recibió desprevenida un primer garrotazo con el Brexit en  el 2016.

Quien está llamando a grito pelado el retorno del comunismo no son las hordas marxistas (bueno, ellas también, pero sus gritos desesperados no tiene oídos) y que sí lo logran con inmenso suceso son los que consideran que el sindicalismo es nocivo, que las regulaciones salariales son perjudiciales para hacer empresa, que los impuestos redistributivos afean la inversión, que el Estado no se debe entrometer en los quehaceres económicos, los que fomentan la inversión en policía y cárceles en lugar de escuelas, colegios y universidades, los que anulan subsidios estratificados y redistributivos, los que eliminan servicios básicos, los que desean una mayor edad de jubilación y menos prestaciones sociales, los que anulan la sana competencia económica mediante su injerencia en los gobiernos de turno…. En fin, los capitalistas radicales son los apologistas máximos del comunismo, así como lo escucha.

¿Se imagina Usted lector un camello en el Polo Norte? (antes de que se derrita por supuesto) sería de lo más incomprensible e inoficioso ver a ese animal que trasiega los desiertos portando ingentes reservas de agua dada la escasez propia de su hábitat, colocado en un medio natural que es todo agua, cien por ciento agua como lo es el Polo Norte. Así de ridículo sería ver a un marxista leninista luchando por implantar su ideología en medio de una sociedad capitalista sin miseria extrema, con mayor equidad, con ricos muy ricos, pero sin pobres muy pobres, con una clase media pujante. En ese entorno social, un marxista no tiene nada que hacer; al igual que el camello en el Polo Norte.

No se trata hoy de huir del comunismo implantando un capitalismo radical que lo que va a hacer es sembrar más y más comunismo. Hoy la tarea es implantar un capitalismo con un gobierno independiente de los poderes económicos, que vele por el emprendimiento y la sana competencia, que priorice como mecanismo de ascenso social la educación, la cobertura en salud y servicios básicos, que brinde acceso al capital, que haga que la gente crea en el sistema, que crea que hay futuro para sus hijos y que la vida digna no es un derecho ajeno. Ese país es el que estará cada vez más y más lejos del temido comunismo.

Jorge Alvear T.

Mayo 5/2018

 

 

 

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