La lección perdida de la crisis financiera. Por Mohamed A. El Erian

En este artículo para The Project Syndicate, El Erian retoma un análisis particular de la crisis del 2007 y los errores por como se lo enfrentó, descuidando la inequidad interna. Este análisis apuntala mi escrito anterior, publicado hace pocos minutos, así como el temor a una resolución violenta  de lo que Harold James llama esta “desglobalización” ( “Deconstructing globalization” –  https://www.project-syndicate.org/commentary/three-emotions-underlying-deglobalization-by-harold-james-2017-09?utm_source=Project+Syndicate+Newsletter&utm_campaign=f297196641-sunday_newsletter_17_9_2017&utm_medium=email&utm_term=0_73bad5b7d8-f297196641-101821185)

En fin, las señales son muchas y señalan al mismo lugar: la inequidad como clave inobservada para la estabilidad política y económica de nuestra comunidad global.

Link del artículo de Mohamed A. El Erian:

https://www.project-syndicate.org/commentary/lost-lessons-of-the-financial-crisis-by-mohamed-a–el-erian-2017-08/spanish

Jorge Alvear T.

 

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La economía en su laberinto

A raíz de la crisis económica del 2007 los bancos centrales asumieron una serie de medidas contra la recesión, quizás la principal de esas medidas fue la reducción de las tasas de interés a fin de hacer el dinero más accesible a todos los actores económicos y así estimular la producción y elevar el empleo.

Esa lógica tiene hasta la fecha expresiones extremas como la del Banco Central de Japón, que ha mantenido tasas negativas durante largo tiempo. Pero también es extremo mantener las tasas de interés en cero, tal como lo hizo la Reserva Federal durante alrededor de 7 años. Lo mismo que hoy hace el Banco Central Europeo hasta hoy. ¿Cuál es el problema de mantener tasas de interés tan bajas? Pues que los Bancos Centrales pierden una herramienta monetaria valiosísima para regular el funcionamiento de la economía. Si volviesen a presentarse síntomas de recesión sería muy poco lo que podrían hacer los Bancos Centrales para estimular la economía.

Fuera de todo pronóstico estas medidas vistas como temporales y de urgencia se han mantenido creando lo que empieza a ser visto como una nueva normalidad de la economía global, lo cual tiene sumamente preocupadas a las máximas autoridades de la economía global.

La Reserva Federal norteamericana y el Banco Central Europeo postergan la suspensión de este paquete de medidas de incentivo a la economía sucesivamente debido a la baja de crecimiento de la inflación. La paradoja es que a altos niveles de empleo, debería seguir un incremento en la inflación debido a la elevación del consumo, la cual evidencie la necesidad de subir las tasas de interés para incrementar los costos de producción y así normalizar el incremento desmesurado de la demanda. Sin embargo aquello no ocurre. Sobre este tema hay dos hipótesis y para ello tomamos las ideas de Nariel Roubini, quien sostiene:

“Una posible explicación para la combinación misteriosa de un crecimiento más fuerte y una baja inflación es que, además de una mayor demanda agregada, las economías desarrolladas han venido experimentando shocks de oferta positivos.

Esos shocks pueden presentarse en muchas formas. La globalización mantiene baratos los bienes y servicios que provienen de China y otros mercados emergentes. Sindicatos más débiles y un poder de negociación reducido de los trabajadores han aplanado la curva de Phillips, en tanto el bajo desempleo estructural produce escasa inflación salarial. Los precios del petróleo y otras materias primas son bajos o están declinando. Y las innovaciones tecnológicas, empezando con una nueva revolución de Internet, están reduciendo los costos de los bienes y servicios.

La teoría económica estándar sugiere que la respuesta correcta en materia de política monetaria a estos shocks de oferta positivos depende de su persistencia. Si un shock es temporario, los bancos centrales no deberían reaccionar; deberían normalizar la política monetaria porque, llegado el caso, el shock desaparecerá naturalmente y, si el mercado de productos y laboral están más restringidos, la inflación aumentará. Si, por el contrario, el shock es permanente, los bancos centrales deberían aliviar las condiciones monetarias; de otro modo, nunca podrán alcanzar su meta de inflación.

Esto no es ninguna novedad para los bancos centrales. La Fed ha justificado su decisión de empezar a normalizar las tasas, a pesar de que la inflación de base esté por debajo de la meta, con el argumento de que los shocks de oferta que debilitan la inflación son temporarios. De la misma manera, el BCE se está preparando para disminuir sus compras de bonos en 2018, bajo la presunción de que la inflación aumentará a su debido tiempo.

Si los responsables de las políticas se equivocan al suponer que los shocks de oferta positivos que mantienen baja la inflación son temporarios, la normalización de las políticas tal vez sea la estrategia equivocada, y las políticas no convencionales deberían mantenerse por más tiempo. Pero también puede implicar lo contrario: si los shocks son permanentes o más persistentes de lo esperado, se debe aplicar una normalización inclusive más acelerada, porque ya hemos alcanzado una “nueva normalidad” para la inflación.”

https://www.project-syndicate.org/commentary/monetary-policy-missing-inflation-by-nouriel-roubini-2017-09/spanish)

Una vez planteada la situación, quiero añadir un par de reflexiones:

Del texto de Roubini se puede deducir que las causas para el presente shock de oferta positivo son estructurales, no coyunturales. Los bajos costos de la producción de los países emergentes, la reducción de costos de bienes y servicios por la globalización, la baja capacidad de negociación sindical y la reducción de los precios de las materias primas, especialmente de los hidrocarburos, está claro que llegaron para quedarse y que son la cara de la economía del siglo XXI. No hay motivos razonables para considerar estos elementos sean parte de un escenario temporal. Solamente ciertas materias primas podrán elevar sus precios pero no así con los hidrocarburos. Es decir, si estos factores llegaron para quedarse y Roubini tiene razón, de ello se deriva que la situación de shocks de oferta positiva llegó para quedarse, suprimiendo la viabilidad de la primera hipótesis que sostiene que este shock es temporal y que no presenta ningún conflicto la subida de tasas de interés, en virtud de que el shock de oferta positivo deberá terminar en cualquier momento.

Si aceptamos la segunda hipótesis como cierta, a saber, que esta condición de shock de oferta positiva es estructural y la inflación cero constituyen la “nueva normalidad”, encontramos que aquello resultaría muy desventajoso para los Bancos Centrales porque debilitaría mucho su capacidad de regulación monetaria al no poder incrementar las tasas de interés, pues si lo hacen con tasas de crecimiento económico tan bajas como las que se registran actualmente, muy probablemente ello provocará una reducción aún mayor del consumo y con ello surgiría el fantasma de una nueva recesión.

Pero la segunda reflexión es la que me parece más importante. ¿Por qué Roubini no se interroga sobre las causas de esta nueva normalidad? ¿Son acaso las causas del shock de oferta positivo las únicas existentes? Es evidente que aquello que se considera como una oferta de shock positivo en un determinado contexto, está directamente relacionado con la demanda de ese mercado. A lo que voy es a que no se debería aceptar esa “nueva normalidad” como una consecuencia inevitable de la globalización y el desarrollo tecnológico, ello ya ha sucedido antes en la historia y las leyes económicas no se han roto, especialmente luego de las crisis post Segunda Guerra Mundial, las reglas económicas a pesar de los sucesivos saltos tecnológicos.

Lanzo como hipótesis sujeta a comprobación, que lo que hoy se aprecia como un shock de oferta positivo en un contexto de altos niveles de empleo, se debe fundamentalmente a la reducción de la demanda, que este fenómeno no surge fruto de las innovaciones tecnológicas y la globalización, sino de la falta de adecuación de los salarios a ellas. Para nadie es un misterio que la crisis del 2007 aniquiló gran parte de la competencia y produjo una concentración de capitales y por tanto de la riqueza en cada vez pocas manos, de la cual aún la clase media global no se ha recuperado. Si bien hay indicadores de una mejoría en los Estados Unidos, no hay perspectivas ciertas de recuperar las condiciones de vida de la clase media previas a la crisis. Todos los estudios marcan la tendencia hacia una disminución de las clases medias en todo Occidente y su crecimiento en Asia.

¿La impresión generalizada de un “shock de oferta positivo” no será más bien una reducción estructural de la demanda? La globalización ha impuesto en el primer mundo la reducción salarial para permitir la competencia con el modelo chino de capitalismo, que se caracteriza por darse en términos de cuasi esclavitud para gran parte de los migrantes del campo a las urbes chinas. La imposición de China como modelo económico y político exitoso está teniendo efectos impredecibles para las estructuras occidentales, en lo político abiertamente cuestiona la democracia liberal como el modelo idóneo a seguir promoviendo una gran variedad de autoritarismos; y, en lo económico, promoviendo el desmonte del Estado de Bienestar para procurar mantener la competitividad.

La situación de Estados Unidos y Europa parece inevitablemente condenar a sus ciudadanos a la pérdida de su calidad de vida. Si se elevan salarios y prestaciones sociales se pierde competitividad, con lo que se produciría desempleo; y, si se suben las tasas de interés el aumento en el precio de los productos y servicios reducirá el mercado que puede acceder a ellos.

Ni Yellen ni Draghi parecen dispuestos a mantenerse vulnerables ante una potencial recesión por mucho tiempo más. La subida progresiva de tasas de interés continuará en 2018 en USA, si Trump mantiene a Yellen en el cargo; y, tal y como se prevé por las más recientes declaraciones de Draghi, ello sucederá a inicios del 2018 en Europa. Para agravar la situación, el dólar ha perdido el 13% de su valor frente al Euro en los últimos meses debido a la incertidumbre que provoca Trump y la ausencia de decisiones claras en torno a su política tributaria y frente al techo de endeudamiento.

De acuerdo a las prioridades de ambas entidades, la Reserva Federal norteamericana y el Banco Central Europeo, esta situación los complica más: Un Euro fuerte perjudica el arribo a la tasa del 2% de inflación que persigue Draghi; y, por otro lado, limita la posibilidad de que Yellen mantenga su intención de aumentar las tasas de interés.

En cualquier escenario, cada vez parece que las condiciones y ataduras de los gestores de la economía global promueven un modelo social cada vez más inequitativo y fomentan el surgimiento debido al dinero barato de sucesivas burbujas financieras con impredecibles consecuencias.

Jorge Alvear T.

Nuestra economía fracturada, en un simple gráfico, por David Leonhardt

Recuerdan cuando la palabra neoliberalismo se puso de moda? fue durante los años ’80, en la era en la que Reagan y el Partido Republicano tomaron el poder en los Estados Unidos. Al final de esa década cayó el muro de Berlín y poco después desapareció la Unión Soviética y con ello se nos introdujo otro término “natural”: globalización.

Para quienes pretenden que la globalización neoliberal de la economía es el Santo Grial de la economía y se niegan a comprender los motivos por los que el sentimiento de rechazo a la globalización es global y masivo; y, más aún, niegan los efectos de incremento de la desigualdad y la concentración de la riqueza en el cada vez más estrecho círculo del 1% más rico, conviene leer este brevísimo artículo publicado por el New York Times, que más que un artículo es un gráfico y su análisis.

A partir de los años ’80 el modelo del sueño americano comienza desplomarse por la vía del incremento sistemático de la desigualdad de los ingresos, fomentado por gobiernos que liberaron de obligaciones a los sectores más ricos y redujeron beneficios a las grande mayorías. Ello también redujo la competencia y fomentó figuras oligopólicas en USA. Justamente lo que hoy propone radicalizar Trump.

Los economistas ultraliberales sucesores de Friedman siguen sosteniendo que el mercado se encarga mágicamente de redistribuir la riqueza a todos los miembros de la sociedad. Eso es falso. Este gráfico parte del trabajo de Piketty y lo pone en evidencia. El mundo post guerra fría aúpa una versión de capitalismo desenfrenada, que está muy lejos del capitalismo basado en la competencia regulado por el Estado.

Esta versión neoliberal del capitalismo parte de la sobredeterminación del Estado a manos de los grandes consorcios económicos y bancarios, evidenciando lo que yo sostengo es una quimera viable solo durante el combate a la guerra fría: la clase media. Para esta visión del capitalismo la clase media es accesoria, innecesaria, bien se puede prescindir de ella y fomentar una visión polarizada de la humanidad, dividida entre poseedores y desposeídos. Al tacho de basura el Estado de Bienestar, ¿quién lo necesita?

 

Los cambios climáticos no solo tienen que ver con el ambiente. Por Thomas Friedman

Mirando más allá de los hechos y la coyuntura, Thomas Friedman logra un artículo para el New York Times en el que crudamente compara las estrategias frente al futuro de China con las que implementa Trump en USA…. el balance no puede ser más desagradable para los estados Unidos. vale leerlo. Friedman, muy lúcido, como siempre.

 

El capitalismo no venció en la Guerra Fría. Sami J. Karam

En un interesante artículo para Foreign Affairs, Sami J. Karam propone una perspectiva particular sobre quién venció en la guerra fría y señala que es el modelo de gobierno de amigotes (crony goverment), que se ha impuesto los últimos 25 años en el mundo, tanto en los países aparentemente vencedores de la Guerra Fría, así como en los derrotados. esta es una visión de cómo la democracia liberal y el capitalismo desenfrenado a partir de la desaparición del modelo del socialismo real, desembocaron en corrupción, inequidad y autoritarismo.

https://www.foreignaffairs.com/articles/world/2017-07-19/capitalism-did-not-win-cold-war?cid=nlc-fa_twofa-20170720

 

 

 

Malos pasos. La corrupción condenará a China?

Comparto un artículo que es en sí un análisis del libro “El capitalismo de amigotes chino. La dinámica decadente de un régimen”, de Minxin Pei. Este artículo ha sido escrito por Dali Yang y publicado por Foreign Affairs.

Posiblemente en otras latitudes convivir con una corrupción galopante es un suceso difícil de comprender. Para quienes somos parte de Latinoamérica es más sencillo, pues la corrupción en nuestros países está más o menos institucionalizada, quizás a excepción de unos pocos países de nuestra subregión. El punto es que la combinación de gobiernos autoritarios con el modelo de economía centralizada propio de los regímenes socialistas, provoca la normatización de la corrupción, la cual se convierte en parte estructural para la supervivencia en todos los ámbitos.

Es interesante leer este artículo a la luz de lo que promueven los regímenes del socialismo del siglo XXI en América Latina para comprender lo que implica seguir este modelo en cuanto a la imposición de la corrupción como pieza fundamental para su sustentabilidad, lo cual ya vive Venezuela y lo ha sostenido Cuba desde hace décadas.

Jorge Alvear

Este es el link, en caso de que requiera suscribirse para leerlo, copio el artículo a continuación:

https://www.foreignaffairs.com/reviews/review-essay/2017-06-13/dirty-deeds?cid=nlc-fa_bnr-20170714

 

 

 

It is hard to overstate the degree to which China has been transformed in recent decades. Between 1959 and 1961, tens of millions of Chinese starved to death in the Great Famine. Today, China boasts the world’s second-largest economy. The country has virtually eliminated severe poverty among its citizens, a burgeoning middle class thrives in ever-expanding cities, and hundreds of Chinese citizens have become billionaires. Human history offers no other socioeconomic shift of equivalent magnitude.

Yet development has not come without costs. All boats have not risen at the same rate, and inequality has increased so much that China—which for decades was shaped by Mao’s enforced egalitarianism—now ranks alongside such long-lasting bastions of wealth disparity as Brazil and the United States. One factor driving this extreme inequality is the corruption that has seeped into every aspect of Chinese society. In his latest book, the political scientist Minxin Pei vividly demonstrates how corruption in China is not merely a governance challenge: it is a fact of life. Corruption permeates business, politics, and even personal relationships to a startling degree. To Pei, China represents not so much an economic miracle as the triumph of guanxi, the Chinese term for the connections that fuel cronyism and self-dealing. It is a damning portrait, in which China resembles the United States during the Gilded Age, complete with robber barons, crime bosses, and dirty politicians—and with all the excesses intensified by authoritarian one-party rule.

Inequality has increased so much that China now ranks alongside such bastions of wealth disparity as Brazil and the United States.

Pei deems this state of affairs unsustainable and believes that it signals the not-so-distant demise of the Chinese Communist Party (CCP) and the regime it has built. Proponents of liberalization and democratization in China might hope that conclusion would support an optimistic vision of the country’s future. They will be disappointed by Pei’s book. Corruption has become so entrenched in Chinese society, Pei believes, that “genuine market-oriented economic reform” and a transition to democracy remain highly unlikely: self-dealing elites would have far too much to lose from such changes. “If a regime transition should come,” he writes,

the initiating event is more likely to be a breakdown of the decaying autocracy, possibly induced by a spilt among the elites inside the party-state, a devastating economic shock, an Arab Spring–style mass revolt that the authorities fail to crush quickly, a disastrous external adventure, or a combination of such events.

And even if such calamities were to usher in democracy, Pei maintains, corruption would endure and prevent a functioning liberal state from emerging: Chinese democracy wouldn’t be much better than Chinese authoritarianism. In his view, whatever happens, crony capitalism will outlive the CCP and hobble China’s future.

Pei’s bleak view is sobering, especially because his conclusions are based on careful analysis of a rich data set. But even though Pei is correct to complain that many observers are too sanguine about Chinese corruption, Pei himself is too pessimistic. The CCP has proved to be a remarkably resilient organization, and although corruption has surely weakened the Chinese state, it has not hollowed it out altogether. Indeed, Chinese President Xi Jinping’s ongoing anticorruption campaign demonstrates how the party has enhanced public support for its approach to development by using its power to rein in, discipline, and hold accountable the ineffective and crooked local officials whom Chinese citizens often blame for the problems that matter most to them. Corruption may be the party’s greatest weakness. But its response to corruption may demonstrate its greatest strengths.

ALY SONG / REUTERSA building covered in posters of Chinese President Xi Jinping in Shanghai, China, March 2016.

PAY TO PLAY

Pei bases his observations and arguments on a set of 260 prominent corruption cases he assembled from the past quarter century. All these cases were revealed to the public and prosecuted by central or local authorities. Although they represent a tiny fraction of the hundreds of thousands of cases that authorities dealt with during that time period, they span a broad range of situations and sectors.

Pei’s analysis reveals how two important features of the contemporary Chinese state have combined to create a perfect environment for corruption. First is China’s hybrid “socialist market economy.” Even as China has gradually liberalized and the state has expanded the scope of acceptable market activities, the CCP has retained control over major sectors of the economy and still plays a leading role in the allocation of capital, land, and labor. But beginning in the 1990s, the party began to decentralize its administrative hierarchy. Today, each level of government controls appointments in the level immediately below it; the party thus retains a high degree of loyalty and influence, but individual bureaucrats, especially local party chiefs, also enjoy a decent amount of autonomy. This combination of state control and decentralized authority has created almost unlimited opportunities for corruption, as officials exploit state assets and resources for their own private gain.

Focusing on collusion among elites, Pei paints a vivid (if necessarily partial) picture of these complex and often hidden deals. In particular, he explores the extensive market for political offices. A typical case involves a poorly paid official bribing a superior in exchange for a plum appointment or a promotion. The pernicious effects of such a scheme reverberate widely because, to finance their bribes, officials frequently rely on gifts or contributions from business contacts or even collect their own bribes from others. Everyone involved expects to make a return on his or her investment. Pei dissects the motives of buyers and sellers, the problem of risk management, and the ways in which officials come up with prices for various positions.

In Pei’s view, crony capitalism will outlive the CCP and hobble China’s future.

Of course, Chinese crony capitalism goes far beyond the buying and selling of offices. Pei reveals in great detail the many manifestations of collusive corruption, including the embezzlement of public funds and bribe taking in contract bidding and capital finance. Corrupt networks conspire to buy land from rural communities at low-ball prices and profit from state-owned enterprises through self-dealing and asset stripping. Pei also shows how people in positions of influence often arrange for their immediate family members to become involved in businesses and then use their access to other officials to help their relations profit. Through such interactions, officials often develop enduring ties with particular businesspeople, offering them protection from investigation in exchange for payoffs. Such relationships and networks have spread throughout the armed forces, the judiciary, and the central regulatory agencies. And in some places, local authorities have joined forces with organized crime.

Pei demonstrates how, for most officials, this kind of corruption has traditionally been a low-risk, high-reward proposition: until very recently, it would take many years for investigators to ferret out corrupt officials, most of whom were never caught at all. Pei argues that this laxity has produced a “progressive degeneration of the organizational norms of the party-state” that constitutes a long-term existential threat for the Chinese regime. Here, Pei parts ways with leading political scientists and analysts, such as Andrew Nathan, who stress the party’s resilience and ability to adapt. In contrast, Pei asserts that the CCP regime is in an advanced stage of decay. In his view, crony capitalism has sapped the state’s institutional integrity, degraded the quality of governance, weakened the CCP’s political authority, and intensified elite fractiousness and power struggles.

ALY SONG / REUTERSA Louis Vuitton store in Shanghai, China, July 2012. 

ROTTEN TO THE CORE?

Pei is hardly the only one to recognize the risks that corruption poses to the CCP. Indeed, one of the loudest voices on the issue in China belongs to the country’s president, Xi. Since taking office in 2012, Xi—together with Wang Qishan, secretary of the CCP’s Central Commission for Discipline Inspection—has carried out the most far-reaching anticorruption campaign in the CCP’s history. In 2016, the party disciplined 415,000 people for corruption-based offenses, including 76 officials at the ministerial level.

Xi has touted these results, and his anticorruption campaign has won plaudits from some good-governance advocates. But Pei dismisses the crackdown as mostly a ploy in a power struggle between Xi and his competitors within the party. Pei believes that, far from eliminating crony corruption, Xi’s campaign will only intensify elite rivalry and increase the fragility of the CCP regime.

It’s not clear that corruption represents an insurmountable obstacle to the party’s survival in the foreseeable future.

Although Pei rightly highlights the CCP’s continuing vulnerability, his intense pessimism about the regime’s trajectory seems overwrought. History is full of examples of authoritarian regimes that appeared remarkably stable—until they suddenly did not. But the CCP has survived many crises and periods of decay and weakness. Damning though Pei’s indictment of crony capitalism may be, it’s not clear that corruption represents an insurmountable obstacle to the party’s survival in the foreseeable future. Consider, for example, that all the corruption cases included in Pei’s data set were investigated and dealt with by the Chinese authorities. The sheer volume and severity of corruption in China are undeniable—but so is the fact that, under Xi, the government is finally tackling the problem.

CRACKING DOWN OR CRACKING UP?

China’s rulers have eagerly absorbed lessons from the collapse of other communist and authoritarian regimes and have made use of the CCP’s formidable resources to cope with the profound transformations taking place in the country. Guided by Xi, China’s leaders have sought to promote market-oriented economic reforms and law-based governance. At the same time, of course, they have also curtailed the expansion of civil society and resisted liberal ideas and political reforms. It’s a tricky balance, riddled with incongruities and contradictions, and they have struggled to improve the efficiency of state bureaucracies, curb corruption, and take on the quality-of-life issues, such as air pollution and food safety, that have become focal points for China’s burgeoning middle class.

Still, the approach has mostly worked. One reason is that beginning in the 1990s, but especially under Xi, the central party-state in Beijing has emphasized its role as the overseer of local authorities: monitoring and sanctioning officials at the provincial, municipal, and township levels and making sure they respond to public demands and direction from Beijing. This posture reflects and reinforces an enduring element of Chinese political culture that social scientists refer to as “hierarchical trust.” In many countries, the public tends to have more faith in local officials than in central or federal authorities. In China, the reverse has long been true, a fact borne out by decades of polling evidence showing that somewhere between 80 and 90 percent of Chinese citizens trust the central authorities—one of the highest rates of public trust in central government found anywhere in the world.

JASON LEE / REUTERSAnticorruption chief Wang Qishan in the Great Hall of the People, Beijing, China, September 2015. 

Of course, since the Chinese party-state also maintains the world’s most elaborate system of media guidance, control, and censorship, one might justifiably wonder about the credibility of such poll findings. But scholars such as Lianjiang Li have found that even when one adjusts the figures to account for state control of the media and repression of dissent, it is still clear that Chinese authorities enjoy levels of trust that would be the envy of most other governments.

Party officials in Beijing take advantage of that trust by positioning the central state as the public’s partner in its struggles against maladroit or corrupt local authorities—even though those authorities are often merely carrying out mandates imposed on them by Beijing. By cracking the whip on local potentates, the party bolsters its already substantial public support and reinforces the power of central institutions. In quite a number of instances, key provincial officials have been removed and prosecuted for corruption. In May, for example, the CCP expelled Vice Governor Chen Shulong of Anhui Province from his office and from the party. In announcing the move, the party used harsh terms to describe Chen’s misdeeds, accusing him of bribe taking and of having “absolutely no moral bottom line.”

But what the party didn’t mention was that Chen was just one more culprit on a growing list of Anhui provincial officials who have been prosecuted for corruption. Again and again, the party’s leadership has congratulated itself for going after corrupt local officials. Pei might suggest that the fact that such corruption continues and that officials seem undeterred by Xi’s crackdown means that the problem runs deeper than the CCP is willing to admit.

Yet China’s leaders do recognize that they need to confront corruption and other forms of malfeasance at the root. They are now experimenting with the establishment of provincial supervisory commissions, and in the coming months, the national legislature will consider a new “state supervision law” that would create a firmer legal basis for anticorruption efforts. And with other recent reforms, such as a new mandate requiring more court verdicts to be made available online, the party is trying to improve the transparency of its anticorruption efforts. The dizzying pace of change in China makes it difficult to predict the country’s political future. But right now, it seems likely that the forces of rejuvenation and reform will overcome the dynamic of decay.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Arcas del Apocalipsis

Brillante artículo del New York Times Magazine en el que recopila los principales intentos de preservación que ejecuta hoy la humanidad ante la acelerada extinción de especies que está provocando nuestro modelo de vida. Desde las muestras de hielo de los polos, hasta leche materna y semillas. El mundo se moviliza simultanea y espontáneamente horrorizada ante lo que parece presagiar el arribo de un apocalipsis.

Este artículo contiene fotografías de Spencer Lowell y es escrito por Malia Wollan.

 

Update sobre la Antártica…Larsen C desprende Iceberg del tamaño de Delaware

Tristemente apenas a horas de compartir ese profundo análisis sobre la situación de la Antártica frente al deshielo, el glaciar denominado Larsen C acaba de desprender un iceberg del tamaño de Delaware (Aprox. 6500 km2), he aquí el reportaje del New York Times.

Las peores predicciones se cumplen y a pasos agigantados.

Jorge Alvear

 

 

Cambio Climático: Juicio Final en la Antártida, por Jeff Goodell.

Excelente y extenso artículo de Jeff Goodell publicado en la revista Rolling Stones con respecto al estado de los glaciares de la Antártida Occidental y lo que su estabilidad representa para el equilibrio ecológico global y el nivel de los mares. Muy recomendable.

http://www.rollingstone.com.ar/2041762-cambio-climatico-juicio-final-en-el-polo-sur