La economía en su laberinto

A raíz de la crisis económica del 2007 los bancos centrales asumieron una serie de medidas contra la recesión, quizás la principal de esas medidas fue la reducción de las tasas de interés a fin de hacer el dinero más accesible a todos los actores económicos y así estimular la producción y elevar el empleo.

Esa lógica tiene hasta la fecha expresiones extremas como la del Banco Central de Japón, que ha mantenido tasas negativas durante largo tiempo. Pero también es extremo mantener las tasas de interés en cero, tal como lo hizo la Reserva Federal durante alrededor de 7 años. Lo mismo que hoy hace el Banco Central Europeo hasta hoy. ¿Cuál es el problema de mantener tasas de interés tan bajas? Pues que los Bancos Centrales pierden una herramienta monetaria valiosísima para regular el funcionamiento de la economía. Si volviesen a presentarse síntomas de recesión sería muy poco lo que podrían hacer los Bancos Centrales para estimular la economía.

Fuera de todo pronóstico estas medidas vistas como temporales y de urgencia se han mantenido creando lo que empieza a ser visto como una nueva normalidad de la economía global, lo cual tiene sumamente preocupadas a las máximas autoridades de la economía global.

La Reserva Federal norteamericana y el Banco Central Europeo postergan la suspensión de este paquete de medidas de incentivo a la economía sucesivamente debido a la baja de crecimiento de la inflación. La paradoja es que a altos niveles de empleo, debería seguir un incremento en la inflación debido a la elevación del consumo, la cual evidencie la necesidad de subir las tasas de interés para incrementar los costos de producción y así normalizar el incremento desmesurado de la demanda. Sin embargo aquello no ocurre. Sobre este tema hay dos hipótesis y para ello tomamos las ideas de Nariel Roubini, quien sostiene:

“Una posible explicación para la combinación misteriosa de un crecimiento más fuerte y una baja inflación es que, además de una mayor demanda agregada, las economías desarrolladas han venido experimentando shocks de oferta positivos.

Esos shocks pueden presentarse en muchas formas. La globalización mantiene baratos los bienes y servicios que provienen de China y otros mercados emergentes. Sindicatos más débiles y un poder de negociación reducido de los trabajadores han aplanado la curva de Phillips, en tanto el bajo desempleo estructural produce escasa inflación salarial. Los precios del petróleo y otras materias primas son bajos o están declinando. Y las innovaciones tecnológicas, empezando con una nueva revolución de Internet, están reduciendo los costos de los bienes y servicios.

La teoría económica estándar sugiere que la respuesta correcta en materia de política monetaria a estos shocks de oferta positivos depende de su persistencia. Si un shock es temporario, los bancos centrales no deberían reaccionar; deberían normalizar la política monetaria porque, llegado el caso, el shock desaparecerá naturalmente y, si el mercado de productos y laboral están más restringidos, la inflación aumentará. Si, por el contrario, el shock es permanente, los bancos centrales deberían aliviar las condiciones monetarias; de otro modo, nunca podrán alcanzar su meta de inflación.

Esto no es ninguna novedad para los bancos centrales. La Fed ha justificado su decisión de empezar a normalizar las tasas, a pesar de que la inflación de base esté por debajo de la meta, con el argumento de que los shocks de oferta que debilitan la inflación son temporarios. De la misma manera, el BCE se está preparando para disminuir sus compras de bonos en 2018, bajo la presunción de que la inflación aumentará a su debido tiempo.

Si los responsables de las políticas se equivocan al suponer que los shocks de oferta positivos que mantienen baja la inflación son temporarios, la normalización de las políticas tal vez sea la estrategia equivocada, y las políticas no convencionales deberían mantenerse por más tiempo. Pero también puede implicar lo contrario: si los shocks son permanentes o más persistentes de lo esperado, se debe aplicar una normalización inclusive más acelerada, porque ya hemos alcanzado una “nueva normalidad” para la inflación.”

https://www.project-syndicate.org/commentary/monetary-policy-missing-inflation-by-nouriel-roubini-2017-09/spanish)

Una vez planteada la situación, quiero añadir un par de reflexiones:

Del texto de Roubini se puede deducir que las causas para el presente shock de oferta positivo son estructurales, no coyunturales. Los bajos costos de la producción de los países emergentes, la reducción de costos de bienes y servicios por la globalización, la baja capacidad de negociación sindical y la reducción de los precios de las materias primas, especialmente de los hidrocarburos, está claro que llegaron para quedarse y que son la cara de la economía del siglo XXI. No hay motivos razonables para considerar estos elementos sean parte de un escenario temporal. Solamente ciertas materias primas podrán elevar sus precios pero no así con los hidrocarburos. Es decir, si estos factores llegaron para quedarse y Roubini tiene razón, de ello se deriva que la situación de shocks de oferta positiva llegó para quedarse, suprimiendo la viabilidad de la primera hipótesis que sostiene que este shock es temporal y que no presenta ningún conflicto la subida de tasas de interés, en virtud de que el shock de oferta positivo deberá terminar en cualquier momento.

Si aceptamos la segunda hipótesis como cierta, a saber, que esta condición de shock de oferta positiva es estructural y la inflación cero constituyen la “nueva normalidad”, encontramos que aquello resultaría muy desventajoso para los Bancos Centrales porque debilitaría mucho su capacidad de regulación monetaria al no poder incrementar las tasas de interés, pues si lo hacen con tasas de crecimiento económico tan bajas como las que se registran actualmente, muy probablemente ello provocará una reducción aún mayor del consumo y con ello surgiría el fantasma de una nueva recesión.

Pero la segunda reflexión es la que me parece más importante. ¿Por qué Roubini no se interroga sobre las causas de esta nueva normalidad? ¿Son acaso las causas del shock de oferta positivo las únicas existentes? Es evidente que aquello que se considera como una oferta de shock positivo en un determinado contexto, está directamente relacionado con la demanda de ese mercado. A lo que voy es a que no se debería aceptar esa “nueva normalidad” como una consecuencia inevitable de la globalización y el desarrollo tecnológico, ello ya ha sucedido antes en la historia y las leyes económicas no se han roto, especialmente luego de las crisis post Segunda Guerra Mundial, las reglas económicas a pesar de los sucesivos saltos tecnológicos.

Lanzo como hipótesis sujeta a comprobación, que lo que hoy se aprecia como un shock de oferta positivo en un contexto de altos niveles de empleo, se debe fundamentalmente a la reducción de la demanda, que este fenómeno no surge fruto de las innovaciones tecnológicas y la globalización, sino de la falta de adecuación de los salarios a ellas. Para nadie es un misterio que la crisis del 2007 aniquiló gran parte de la competencia y produjo una concentración de capitales y por tanto de la riqueza en cada vez pocas manos, de la cual aún la clase media global no se ha recuperado. Si bien hay indicadores de una mejoría en los Estados Unidos, no hay perspectivas ciertas de recuperar las condiciones de vida de la clase media previas a la crisis. Todos los estudios marcan la tendencia hacia una disminución de las clases medias en todo Occidente y su crecimiento en Asia.

¿La impresión generalizada de un “shock de oferta positivo” no será más bien una reducción estructural de la demanda? La globalización ha impuesto en el primer mundo la reducción salarial para permitir la competencia con el modelo chino de capitalismo, que se caracteriza por darse en términos de cuasi esclavitud para gran parte de los migrantes del campo a las urbes chinas. La imposición de China como modelo económico y político exitoso está teniendo efectos impredecibles para las estructuras occidentales, en lo político abiertamente cuestiona la democracia liberal como el modelo idóneo a seguir promoviendo una gran variedad de autoritarismos; y, en lo económico, promoviendo el desmonte del Estado de Bienestar para procurar mantener la competitividad.

La situación de Estados Unidos y Europa parece inevitablemente condenar a sus ciudadanos a la pérdida de su calidad de vida. Si se elevan salarios y prestaciones sociales se pierde competitividad, con lo que se produciría desempleo; y, si se suben las tasas de interés el aumento en el precio de los productos y servicios reducirá el mercado que puede acceder a ellos.

Ni Yellen ni Draghi parecen dispuestos a mantenerse vulnerables ante una potencial recesión por mucho tiempo más. La subida progresiva de tasas de interés continuará en 2018 en USA, si Trump mantiene a Yellen en el cargo; y, tal y como se prevé por las más recientes declaraciones de Draghi, ello sucederá a inicios del 2018 en Europa. Para agravar la situación, el dólar ha perdido el 13% de su valor frente al Euro en los últimos meses debido a la incertidumbre que provoca Trump y la ausencia de decisiones claras en torno a su política tributaria y frente al techo de endeudamiento.

De acuerdo a las prioridades de ambas entidades, la Reserva Federal norteamericana y el Banco Central Europeo, esta situación los complica más: Un Euro fuerte perjudica el arribo a la tasa del 2% de inflación que persigue Draghi; y, por otro lado, limita la posibilidad de que Yellen mantenga su intención de aumentar las tasas de interés.

En cualquier escenario, cada vez parece que las condiciones y ataduras de los gestores de la economía global promueven un modelo social cada vez más inequitativo y fomentan el surgimiento debido al dinero barato de sucesivas burbujas financieras con impredecibles consecuencias.

Jorge Alvear T.

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